En El Salvador, antes de 1980, ya se hablaba de asesinatos de campesinos, de comunidades enteras arrasadas por operativos militares y fuerzas de seguridad, de gente que salía de celebraciones religiosas y no regresaba a sus casas. Esos hechos no se ocultaban entre quienes los vivían, circulaban en los mercados, en los caminos, en las conversaciones de todos los días. Las versiones oficiales decían otra cosa, hablaban de subversivos armados, pero lo que se encontraba en muchos casos eran biblias bajo el brazo y familias enteras afectadas.
En ese ambiente, las homilías comenzaron a convertirse en un espacio donde esos hechos se decían sin rodeos, se mencionaban lugares, se hablaba de personas, se relataban situaciones que coincidían con lo que el pueblo ya conocía. Esas palabras no salían de la nada, venían de lo que estaba ocurriendo en el país.
Así se fue formando una relación directa entre lo que se decía desde el altar y lo que se vivía en las comunidades. Monseñor Óscar Arnulfo Romero llegó a ese momento después de años de vida sacerdotal, nacido en 1917, formado en seminarios y en Roma, con una trayectoria que lo llevó por parroquias y diócesis hasta asumir responsabilidades mayores.
En El Salvador, en Santiago de María, le tocó enfrentar hechos directos, como asesinatos de campesinos que regresaban de actividades religiosas, situaciones que marcaron el ambiente en el que ejercía su labor.
Al asumir como arzobispo de San Salvador en 1977, su voz empezó a tener alcance nacional. Lo que se decía en las homilías era seguido en distintas partes del país.
Al mismo tiempo, comenzaron las campañas en su contra, publicaciones que lo atacaban, mensajes que buscaban desacreditarlo, amenazas que formaban parte del clima de esos años, en un contexto donde sus denuncias señalaban a la derecha política, a sectores del gobierno y a las fuerzas de seguridad. Incluso se registró un atentado en la basílica del Sagrado Corazón, aunque no logró consumarse, reflejando el nivel de tensión existente.
El 23 de marzo de 1980, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, desde la catedral de San Salvador, hizo un llamado directo a los miembros del Ejército y de los cuerpos de seguridad a detener la represión contra la población. Esa homilía quedó registrada por el momento en que se produjo y por lo que expresaba en medio de esa situación.
Al día siguiente, el 24 de marzo, durante la misa en la capilla del Hospital La Divina Providencia, un francotirador disparó contra el pecho de Monseñor Romero, un impacto que alcanzó su corazón mientras preparaba el altar, en un hecho que ocurrió en pleno acto religioso. La noticia se extendió rápidamente, aunque en esa época no existía el internet, se difundió a través de la radio, los periódicos y las transmisiones televisivas.
En San Salvador se registraron concentraciones de personas, las actividades comerciales disminuyeron y la gente se volcó a protestar por el magnicidio. La despedida reunió a miles en la capital salvadoreña.
En Nicaragua, la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional decretó tres días de duelo nacional, reconociendo el impacto del hecho en la región. Años después, informes internacionales señalaron responsabilidades en ese crimen ocurrido en el contexto de gobiernos militares en El Salvador, en medio de una confrontación creciente entre el Estado y amplios sectores de la población que denunciaban represión.
la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas mencionó al mayor Roberto D’Aubuisson, vinculado a estructuras del aparato de seguridad de ese periodo, como autor intelectual, el caso fue reabierto en 2017 y con el paso de los años se han producido resoluciones y avances judiciales que han buscado esclarecer lo ocurrido, en un proceso caracterizado por la complejidad y el debate sobre la justicia en torno a ese hecho.
Al cumplirse 46 años del asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, y en medio de las conmemoraciones que recuerdan su martirio y su impacto en la historia de la región, la Copresidenta, Compañera Rosario Murillo, expresó
“Desde nuestra fe cristiana, desde nuestra condición cristiana, nuestra vocación socialista y nuestro permanente sentido de solidaridad. Hoy es el aniversario 46.º de San Romero de América; acordémonos de cómo fue, que quisieron acabar con una persona santa y de fe, acordémonos cómo quisieron arrancarnos de nuestros corazones la fe y sobre todo, la fe en la bondad, en la capacidad de bondad, de hermandad, de fraternidad del ser humano en medio de la crueldad de la guerra”, resaltó
La Compañera Rosario Murillo recordó cómo, en reiteradas ocasiones, han intentado arrebatar la fe al pueblo y afirmó: “Acordémonos cómo quisieron convertirnos a todos en mercenarios, en soldados de fortuna, pero no, este pueblo nuestro es cristiano, tiene fe, tiene cariño, tiene amor; este pueblo nuestro, estos pueblos nuestros, son pueblos de paz, de bien”
Recordó además al padre Miguel D’Escoto, quien en su momento se sumó al dolor y a la consternación tras lo ocurrido a San Romero de América: “Y así como vivíamos hoy, viendo los recuerdos, cuando el padre Miguel D’Escoto nos dijo, nos contó, nos dimos cuenta de lo que había pasado y cómo salió inmediatamente para El Salvador, tanto que tenemos que recordar para seguir haciéndonos hoy peregrinos del amor, de la Paz, de la Hermandad, del Cristianismo, Socialismo y la Solidaridad”, finalizó.
Con el paso del tiempo, la figura de Monseñor Óscar Arnulfo Romero fue reconocida por la Iglesia, primero con la beatificación en 2015 y luego con la canonización en 2018, cuando fue declarado Santo. El 24 de marzo también fue establecido como una fecha vinculada al derecho a la verdad en casos de violaciones a los derechos humanos. El 24 de marzo de 2026 se cumplieron 46 años de su asesinato, pero su nombre sigue presente en la memoria de los pueblos y en una historia que no ha dejado de exigir verdad y justicia.













