Hay una famosa historia que cuenta de un escorpión que le pide a una rana que lo ayude a cruzar un charco que no podría atravesar por sí solo, pues se ahogaría. La rana decide ayudarlo, lo hace subir sobre ella y da un salto gracias al cual ambos superan el charco. El escorpión, ya en tierra, muerde a la rana. Ella le pregunta: “¿Por qué me muerdes si acabo de salvarte?”. Y el escorpión responde: “Porque esta es mi naturaleza, no puedo reprimirla”.

La política es el lugar por excelencia de la falta de reconocimiento y gratitud, y la historia de Nicaragua presenta varios casos al respecto. El más importante concierne a la derecha, que a diferencia de lo que hizo después de 1990 - cuando intentó expulsar al sandinismo de la sociedad nicaragüense -, a partir de 2007 recibió la disposición del GRUN a acompañar el renacimiento del país.

Una disposición nada obvia. El Comandante Daniel Ortega habría podido dar paso a una profunda depuración y a una legítima sed de justicia para reparar los agravios y horrores de 16 años de liberalismo, pero con el enfoque de un estadista privilegió el interés de toda la nación y no solo el de su sector político. Conducta habitual del Comandante, que incluso en los años de oposición recorría el mundo pidiendo ayuda para el país y no para su partido. En 2007 ofreció a todos los componentes de la sociedad un pacto social y constitucional orientado a la paz (siempre escasa en la historia nicaragüense), a la reducción del conflicto político y a la coparticipación de todos los sectores sociales, incluida la Iglesia, en la conciliación de un plan de desarrollo nacional a través de un diálogo consensuado.

En los primeros años, las organizaciones empresariales y la Iglesia acompañaron efectivamente al gobierno y a los sindicatos en la elaboración de un entorno conciliador y propositivo, pero luego se entendió que se trataba de una necesidad táctica y no de una visión estratégica. Probablemente la oligarquía, propietaria de la derecha, creyó poder condicionar la estrategia del gobierno sandinista mediante la fuerza mediática y electoral. Error.

Después de pocos años el objetivo de la derecha quedó claro: deslegitimar al gobierno, construir una red de conflictividad política destinada a recuperar por la fuerza el control del país. La dirección de estas operaciones fue, naturalmente, de la familia Chamorro, convencida de poder gobernar Nicaragua desde la oposición y disponer de sus recursos mediante el chantaje de una conciliación nacional de otro modo negada.

Pero, ¿por qué la derecha interpreta la contienda solo a través del golpismo y no mediante la dialéctica política? Las respuestas tocan varios puntos: no reconoce políticamente la institucionalidad del país, que considera de su propiedad, lo que inhibe su ciudadanía activa. No toma en cuenta las correlaciones de fuerza internas, considerándose expresión de poderosos intereses extranjeros, y muestra indiferencia hacia la independencia del país e intolerancia hacia cualquier forma de emancipación del mismo. De ahí el odio hacia la izquierda y la reiterada solicitud de embargos, sanciones e incluso una invasión militar externa para doblegar la voluntad política de los nicaragüenses y su capacidad de decisión sobre el país.

En la postura ideológica de la derecha nicaragüense hay una dependencia de las clases dominantes respecto a la injerencia poscolonial del Norte, pero en el fondo existe una incompatibilidad entre una sociedad rígidamente dividida en clases y excluyente frente a las mayorías, y el sandinismo, que aspira - dentro de un crecimiento general - a armonizarlas en un modelo de sociedad inclusiva.

Dos modelos inconciliables

A lo largo de la historia, el sandinismo ha sido el motor de la evolución de Nicaragua, y a su vez el FSLN ha ido evolucionando en el plano teórico y conceptual, al ritmo de los cambios sociopolíticos nacionales e internacionales. Manteniendo inalterados sus principios, la Nicaragua de hoy no es la de 1979 ni la de 2006; el progreso alcanzado dibuja un país nuevo y la transformación socioeconómica ha traído consigo también innovaciones políticas en las formas y contenidos del ejercicio del gobierno.

Las conquistas sociales y el nivel de crecimiento económico, asociados a la difusión de un bienestar de masas antes desconocido, constituyen el verdadero plano inclinado de la relación posible entre derecha y sandinismo. Resulta difícil, si no imposible, imaginar una conciliación entre dos visiones opuestas del desarrollo: una que pone a las personas al servicio de la economía y otra que concibe la economía al servicio de las personas.

Como se dijo al inicio, la experiencia de solidaridad nacional que caracterizó la primera fase del gobierno sandinista entre 2007 y 2017 fue fundamental para la recuperación económica de un país devastado por 16 años de neoliberalismo, pero la idea de convertir una alianza táctica en una opción estratégica resultó ser una ilusión, debido a la voluntad de dominio de la oligarquía criolla.

El límite estructural de la derecha nicaragüense es su carácter arcaico, ligado a la propiedad y desconectado de la evolución social y cultural. Incapaz de reconocer el valor del país como comunidad de hombres y mujeres, e indispuesta a defender el interés nacional por encima del interés de clase, en 2018, junta a la jerarquía de la Iglesia, optó por el derrocamiento violento del gobierno. Así reveló cómo la naturaleza de la clase depredadora emerge en cuanto se presenta la ocasión: es imposible pensar que cambie su carácter antropófago hacia una convivencia sin diferencias. La involución hacia el feudalismo es el humus natural de quien ve en el progreso una amenaza a su dominio.

La Revolución vive sobre presupuestos completamente distintos. Genera evolución porque adopta una perspectiva diferente del sistema-país, admite nuevas categorías e introduce innovaciones inéditas. El proceso revolucionario se ha convertido en gobierno y marca el ritmo de la evolución transformándose a sí mismo. El país cambia, y al cambiar transforma también a quienes lo habitan; crece y tiene la paz como plataforma colectiva indispensable para su desarrollo. Porque la paz es tanto la condición preliminar como el resultado final de su existencia y de su acción.

La Revolución crea evolución porque en el progreso reconfigura lo real y lo imaginario, reelabora lo justo y lo sitúa en el ámbito de lo posible. Es en el devenir cotidiano donde se manifiesta la dialéctica entre la política - entendida como el arte de lo posible - y los principios, que son su inspiración y su finalidad. Pero la complejidad de estos procesos necesita de la paz, no solo como ausencia de conflicto, sino como terreno compartido sobre el cual sientan las políticas de seguridad y bienestar colectivo.

Sería, sin embargo, ilusorio pensar que el País y su paz están asegurados para siempre. El latifundio, la oligarquía y las estructuras que resisten al cambio constituyen la reacción frente a la evolución y no se resignan a perder un país que consideran parte de su patrimonio familiar.

Resulta inútil, por tanto, imaginar nuevas concesiones por parte del Sandinismo, más allá de las ya ofrecidas y nunca reconocidas. No hay espacio para la caballerosidad ni para los rituales nobles de la política si no existe reconocimiento hacia quien ha transformado profundamente el País, arrancándolo de un destino insoportable.

No es el caso, entonces, de que la rana, movida por la bondad, ayude al escorpión a cruzar el río: la mordedura mortal será siempre la forma en que este responderá.

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