En el gran reajuste geopolítico del siglo XXI, uno de los elementos más relevantes es el ascenso de la República Popular China como potencia económica, comercial, diplomática y estratégica. La fuerza de Pekín no se mide solamente en el PIB, en la tecnología o en la capacidad industrial: su nivel de influencia en el tablero global se mide siendo el primer partner comercial para 138 países y también cuenta con una diplomacia de alto nivel y se concreta en la propuesta de un modelo diferente de relaciones internacionales, sintetizado en la ya célebre fórmula de la win-win cooperation: cooperación de beneficio mutuo.

Es una definición que, a primera vista, podría parecer propagandista. Sin embargo, detrás de esa fórmula se esconde una transformación concreta de las relaciones entre el Norte y el Sur del mundo. No pocos países de Asia, África y América Latina consideran hoy que el modelo chino funciona mejor que el occidental tradicional. La razón es política, incluso antes que económica.
Durante décadas, la cooperación internacional guiada por Occidente se basó en una lógica precisa: ayudas, préstamos o respaldo financiero a cambio de reformas económicas y alineamiento político. Las instituciones nacidas en la posguerra, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, han acompañado con frecuencia sus financiamientos con exigencias insostenibles, es decir, con la pretensión de los acreedores de gobernar a distancia la economía, la política y los asuntos internos de los países objeto de su “intervención financiera”. El dinero prestado se convierte en una soga política que el acreedor aprieta alrededor del cuello del deudor.

Además de imponer condiciones de devolución prácticamente imposibles mediante la constante reestructuración de intereses, pertenecer al club de los países acreedores implicaba la renuncia a la propia soberanía nacional. Se impone austeridad y se ofrecen promesas sin inversiones reales, mientras se recurre con facilidad a sanciones unilaterales cuando conviene. Se trata, por tanto, de auténticas operaciones de conquista basadas en un modelo colonial de relaciones y que, para colmo de hipocresía, son presentadas como expresión de “paternalismo”, cuando en realidad son puro saqueo de recursos.

El modelo de cooperación internacional promovido por la República Popular China, frecuentemente resumido en la expresión win-win cooperation, es una cooperación “de beneficio recíproco”, en la cual ambas partes obtienen ventajas concretas. Un modelo que parece más eficaz que el occidental, especialmente en el Sur global, porque ofrece resultados tangibles, menor interferencia política y respeto mutuo.

Este modelo nace de una concepción filosófica de fondo: en la visión de Pekín, las relaciones internacionales no deberían basarse en bloques ideológicos, cambios de régimen o imposiciones políticas, sino en el respeto a la soberanía nacional, la no injerencia en los asuntos internos, el beneficio mutuo y el desarrollo compartido. El estudio de viabilidad de una cooperación se apoya, por tanto, en el pragmatismo económico y en una visión estratégica de largo plazo, y no solo inmediata, de una posible cooperación comercial e infraestructural. Es, de hecho, hijo de la historia milenaria china, acostumbrada a observar los procesos históricos en tiempos largos y no en la inmediatez.

En la práctica, China propone: yo invierto, construyo, compro y financio; tú creces económicamente y yo obtengo mercados, acceso logístico, materias primas y alianzas estratégicas. El símbolo más conocido de este enfoque es la Belt and Road Initiative.
La diferencia de fondo con el modelo occidental es fácil de percibir: Occidente apunta a transformar el sistema político del socio. China apunta a integrarlo económicamente y no exige cambios en su sistema político. Para muchos gobiernos, esto representa una ventaja enorme.

La diferencia nace también del distinto modelo de crecimiento económico. El imperio anglosajón funda su papel en el dominio militar, en el complejo militar-industrial y en la presencia de bases militares en todos los puntos estratégicos y corredores marítimos del planeta. Es una combinación de poder político-militar, finanzas y condicionalidad ideológica que se expresa mediante guerras e intervenciones, regime change, doble rasero en materia de derechos humanos y subordinación geopolítica.

Por su parte, China ha excluido categóricamente la idea de adquirir influencia global mediante la guerra contra sus rivales o mediante la conquista política de sus socios. Desde 1948, de hecho, no ha atacado a nadie. Aunque la industria bélica china desempeña un papel importante en el comercio internacional de armamentos, Pekín nunca ha querido considerar el crecimiento económico derivado de guerras y ocupaciones de territorios y recursos ajenos. En su expansión internacional elige la interdependencia económica, la creación de infraestructuras y un método de gradualismo y no injerencia declarada.

Esto se refleja de manera importante en la percepción que gran parte del mundo tiene de China. Si se excluye a las potencias abiertamente hostiles (Estados Unidos y Japón en primer lugar), Pekín es vista como un centro de equilibrio y de gran responsabilidad, comprometida con favorecer la paz, desactivar crisis globales y regionales y actuar en observancia de los principios del Derecho Internacional. En una época de grandes convulsiones internacionales, donde la desestabilización provocada por un imperio en crisis aumenta los riesgos de confrontación nuclear, China aparece para muchos como una referencia posible para soluciones equilibradas y razonables en defensa de un futuro compartido.

Obviamente, el modelo chino no es puro altruismo; pensarlo sería una forma de ingenuo romanticismo poco compatible con la política de los Estados. También Pekín persigue intereses nacionales, entre ellos la búsqueda de energía y alimentos capaces de sostener su enorme crecimiento del consumo interno. Pero la diferencia abismal con el modelo occidental es que obtiene fuerza precisamente de los procesos de integración con distintas economías, y no intentando reconducirlas a su propio modelo de desarrollo.

La diversidad de las condiciones generales en las que se ejerce la cooperación es también fuente de crecimiento para Pekín, que procura gestionar con equilibrio la inevitable asimetría que su propio peso genera en la relación con los socios del Sur del mundo.

Por otra parte, sus inversiones internacionales en clave cooperativa, vinculadas al proyecto de la Belt and Road Initiative, además de representar una visión estratégica que ningún otro país ha mostrado y que se contrapone a un modelo occidental que solo sabe hablar de guerras y sanciones, muestran una fuerte presencia china en África, donde se ha convertido en socio central en muchos países mediante infraestructuras, energía y comercio. En Asia central y sudoriental, la cooperación china ha rediseñado la logística y la conectividad. En América Latina, Pekín es el principal prestamista de última instancia para 24 países, mientras crecen las inversiones, el comercio y las alianzas tecnológicas con numerosas naciones latinoamericanas. En Oriente Medio se presenta como un socio económico confiable sin imponer alineamientos políticos. Esto le permite acceso a recursos y mercados, materias primas, salidas comerciales, influencia diplomática, corredores logísticos y estándares tecnológicos propios.

La verdadera pregunta no es si China es “mejor” en términos absolutos, sino por qué tantos países la consideran un socio más útil que Occidente. Y la respuesta es simple: donde otros impusieron condiciones, Pekín ofreció oportunidades visibles. Cuando Occidente ofrece “reformas” y China ofrece un ferrocarril o una central eléctrica, muchos gobiernos eligen según intereses inmediatos y tangibles.

Los países del Sur global juzgan la cooperación no por las declaraciones, sino por lo que deja sobre el terreno: puertos, carreteras, ferrocarriles, centrales eléctricas, hospitales, redes digitales y zonas industriales. Allí donde durante décadas llegaron informes, consultorías y condicionalidades, China suele llegar con obras visibles. Así es como la cooperación, al estar libre de connotaciones políticas injerencistas, se convierte en un terreno de crecimiento y una apuesta por el desarrollo de todos.

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