Rubén Darío leyó “PAX” el 4 de febrero de 1915 en el Salón Havemeyer de la Universidad de Columbia, en Nueva York, en medio de un mundo estremecido por la Primera Guerra Mundial. Darío no estaba escribiendo desde la calma, mucho menos desde la distancia moral de quien pudiese contemplar una tragedia ajena. Escribe mientras Europa ya se está desangrando y cuando la civilización que durante siglos presumió de cultura, arte, ciencia y grandeza política aparece convertida en un campo de ruinas.
Desde la primera línea, “Io vo gridando pace, pace, pace”, el texto se abre con un llamado contundente, Darío eleva la voz ante una humanidad que ha perdido el juicio.
Esa frase inicial en italiano no significa que el poema sea italiano, sino que Rubén Darío toma una resonancia europea para abrir un texto que en seguida se vuelve suyo, en español, y cargado de angustia. El texto describe el conflicto y la destrucción mientras Rubén utiliza imágenes claras y contundentes y escribe: “en sangre y en llanto está la tierra antigua”, con lo cual muestra a Europa en un estado de deterioro visible, atravesado por el sufrimiento.
Luego añade: “La muerte, cautelosa, o abrasante, o ambigua, pasa sobre las huellas”, donde la muerte se mantiene como una presencia constante y a lo largo del escrito se mencionan hechos, símbolos y escenas que remiten a la guerra, la violencia y la caída de una civilización que se consideraba avanzada.
El poeta describe esa guerra como una caída moral y espiritual y recurre a la imagen de Cristo cuando escribe que la muerte pasa sobre “las huellas del Cristo de pies sonrosados que regó lágrimas y estrellas”, con lo cual sitúa la destrucción sobre un mundo que antes estuvo asociado a la misericordia, la compasión y la redención y ahora queda marcado por la violencia.
La humanidad aparece “inquieta”, mirando “la muerte de un Papa y el nacer de un cometa”, mientras el tiempo se carga de presagios y el ambiente remite a miedo y ruina, y en ese mismo movimiento el poema menciona “una nueva torre de Babel desmoronarse en hoguera cruel, al estampido del cañón y del fusil”, donde la caída de Babel queda ligada al uso de las armas modernas y al quiebre provocado por la propia civilización.
En otro momento, Darío convierte la guerra en una acusación frontal, la presenta como una vergüenza de la especie humana, ajena a cualquier justificación, por eso exclama:
“¡La quijada del rumiante en la mano de Caín sobre la frente de Abel!”, esa imagen bíblica resume la tesis moral del poema, la guerra, para Rubén Darío, es el viejo crimen del hermano contra el hermano, repetido ahora con cañones, imperios y uniformes, lo que cambia es el tamaño de la carnicería, pero el pecado sigue siendo el mismo.
También por eso maldice la violencia con un tono casi litúrgico cuando dice: “Matribús detestata”, “Madre negra”, y más adelante condena a la guerra como una fuerza abominable, enemiga de la dulzura, de la belleza, de la vida, describe más que una confrontación militar, expone una enfermedad del alma humana que convierte al progreso en barbarie.
El poema “PAX” se vuelve todavía más fuerte cuando Rubén denuncia la hipocresía religiosa de las naciones en guerra, hay uno de los pasajes más demoledores del texto cuando escribe: “Se grita: ¡Guerra Santa! acercando el puñal a la garganta o sacando la espada de la vaina: y en el nombre de Dios, casas de Dios de Reims y de Lovaina, ¡las derrumba el obús 42!”, aquí el poeta ya no está sugiriendo nada, está acusando de frente, señala la monstruosa contradicción de invocar a Dios mientras se destruyen templos, se degüellan pueblos y se desatan odios.
Se trata de uno de los momentos más poderosos de “PAX” porque Darío muestra una civilización que aún se cree cristiana, pero que actúa como si Cristo no hubiera existido, por eso remata con firmeza: “¡Y contra el homicidio, el odio, el robo, Él es la Luz, el Camino y la Vida!”, esa línea es fundamental porque aclara que el poema no es anticristiano ni nihilista. Al contrario, lo que hace es contrastar el mensaje de Cristo con la práctica sangrienta de los imperios.
En ese momento del texto, el poeta vuelve sobre Europa para señalar que esa cultura refinada, rodeada de museos, bibliotecas y grandes nombres del arte, no pudo impedir la carnicería, eso se ve cuando menciona:
“Amontonad las bibliotecas, poblad las pinacotecas, con los prodigios del pincel y del buril y del cincel”, con lo cual deja claro que la acumulación de cultura no evitó la destrucción, y por eso convoca a esos gigantes para que contemplen “el espectáculo cruel desde el principio hasta el fin”, dejando abierta la pregunta sobre el sentido de una civilización que termina repitiendo la violencia de Caín.
El texto sube de intensidad y entra en un plano cargado de referencias bíblicas y señales de juicio, aparecen Juan, Isaías, Malaquías, Abbadón y Appollion, junto a versos como “Todo lo que está anunciado en el Gran Libro han de ver las naciones” y “surge de entre las páginas del Libro del Abismo”, con lo cual se proyecta la guerra como una ruptura profunda, una sacudida que ubica al mundo en un punto límite donde lo humano se mezcla con lo destructivo.
En ese mismo recorrido, Rubén Darío señala a los responsables y se dirige a “¡Emperadores! ¡Reyes! ¡Presidentes!”, recordando que la historia no es algo lejano ni impersonal, y advierte que “la hora llegará de la Aurora”, mientras afirma que los horrores de la guerra pasarán, porque la memoria no puede sostener indefinidamente ese dominio de violencia.
Y en otro momento introduce la idea de una purga cuando escribe: “Púrguese por el fuego y por el terremoto y por la tempestad este planeta ciego” y “con la guerra, la peste y el hambre, mensajeras de Verdad”, junto con la referencia a “los puros hombres de buena voluntad” que mantienen una base moral.
Hacia el cierre, el poema se dirige a América con un llamado claro, “¡Oh, pueblos nuestros! ¡Oh pueblos nuestros! Juntaos en la esperanza y en el trabajo y la paz”, convoca a Bolívar, Hidalgo y San Martín como referentes de la emancipación continental y afirma “Paz a la inmensa América.” Así, el cierre retoma el llamado a la paz como una exigencia que surge frente a la ruina y el dolor, coloca a América como un espacio con capacidad de respuesta propia y deja en claro que la dignidad de los pueblos no se negocia ni se rinde ante la destrucción.













