Mayo tiene un significado especial para Nicaragua porque es el mes donde el país vuelve la mirada hacia sus madres, hacia sus historias y hacia las mujeres que cargaron sobre sus hombros años enteros de sacrificio, dolor y resistencia.

Entre esos nombres aparece el de la Compañera Amada Pineda, una mujer profundamente identificada con las luchas campesinas y con la historia del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Su vida conoció la persecución de la Guardia somocista, las torturas, las violaciones, la muerte de un hijo y, décadas más tarde, el asesinato brutal de su segundo hijo durante la criminal intentona golpista de 2018. Aun así, jamás se apartó de la militancia revolucionaria ni de su cercanía política con el sandinismo.

Nacida en las zonas rurales de Matagalpa, Amada creció en un ambiente donde las comunidades campesinas convivían diariamente con el miedo, la pobreza y el abuso de poder. Durante aquellos años, muchas familias de las montañas de El Cuá, El Carrizal y otras comunidades se encontraban bajo constante vigilancia de la Guardia Nacional, que perseguía a sindicalistas, dirigentes comunitarios y colaboradores clandestinos del Frente Sandinista.

En medio de aquella realidad dominada por el asedio y el temor, Amada fue acercándose poco a poco a la lucha revolucionaria que avanzaba en las montañas del norte del país, mientras la casa de su familia se convirtió en punto de encuentro para combatientes y militantes sandinistas que se movilizaban por la zona. Por ahí pasaron figuras históricas como Carlos Fonseca Amador, Pablo Úbeda y Chale Haslam, quienes mantenían contacto con campesinos comprometidos con la causa revolucionaria.

Amada comenzó colaborando en tareas que parecían pequeñas, pero que eran fundamentales para la sobrevivencia de la guerrilla y las redes clandestinas.

Ella misma cocinaba para los combatientes que llegaban a las montañas, ayudaba a mover mensajes entre distintos grupos, escondía las armas cuando era necesario, planchaba ropa para los compañeros perseguidos y les ubicaba dónde quedarse mientras se movilizaban por la zona. Aquellas acciones eran consideradas delitos graves por la Guardia Nacional y ubicaban a cualquier familia bajo sospecha inmediata.

La persecución fue creciendo conforme aumentaba la presencia sandinista en la montaña. Amada recordó en varias entrevistas que los guardias pasaban vigilando las entradas de las comarcas y apareciendo de repente en las comunidades campesinas para intimidar a las familias de la zona. Muchas veces la gente prefería dormir escondida en el monte antes que quedarse en sus propias casas por miedo a los operativos nocturnos.

La tensión era permanente. Las haciendas servían como centros de operación para la Guardia y desde ahí salían a capturar, golpear y perseguir a quienes eran señalados de colaborar con el FSLN. En medio de aquel ambiente cargado de miedo, Amada continuó ayudando a los combatientes junto a otros miembros de su familia.

La madrugada de su captura quedó grabada como uno de los episodios más duros de toda su vida. Según su propio testimonio, los guardias rodearon la vivienda durante la noche mientras la montaña estaba iluminada por una luna intensa. Sacaron violentamente a quienes estaban dentro de la casa y la obligaron a separarse de sus hijos pequeños.

Después comenzaron los golpes y los abusos. Amada, quien formó parte de las históricas Mujeres de El Cuá, fue amarrada, trasladada a una hacienda y sometida a interrogatorios, humillaciones y múltiples violaciones cometidas por miembros de la Guardia Nacional. Aquella represión también dejó asesinada a su compañera de lucha María Castil en El Carrizal, mientras decenas de familias campesinas eran perseguidas por colaborar con la causa revolucionaria.

Cuando finalmente fue liberada, los mismos guardias intentaron callarla. Le exigieron decir públicamente que nunca había sido prisionera y que había permanecido voluntariamente con ellos. La amenaza era clara, si denunciaba lo ocurrido podían matarla. Sin embargo, Amada tomó una decisión que terminó convirtiéndola en símbolo de valentía para muchas mujeres campesinas.

Decidió hablar públicamente y denunciar las violaciones y torturas sufridas durante su captura. Aquella denuncia provocó una fuerte conmoción nacional porque dejó expuestos los métodos represivos utilizados contra el campesinado en las montañas del país. Incluso fue acusada por sus propios agresores bajo cargos de injurias y calumnias, pero nunca se retractó de sus palabras.

Con el triunfo de la Revolución Popular Sandinista en 1979 llegó para ella un momento de alivio después de tantos años de miedo y persecución. La caída de Somoza significó el cierre de una etapa dominada por la violencia de la Guardia Nacional y también la liberación de numerosos presos sandinistas. Su nombre ya era conocido como el de una mujer que había sobrevivido al terror somocista sin abandonar sus principios políticos.

Décadas después, el dolor volvió a golpearla de manera devastadora. Durante la criminal intentona golpista de 2018, su hijo Francisco Ramón Aráuz Pineda fue asesinado cerca de la UPOLI por los terroristas que operaban en los tranques instalados en Managua. Francisco Ramón fue golpeado, baleado, arrastrado y posteriormente quemado en plena vía pública, en un crimen que estremeció profundamente al país por la brutalidad con que ocurrió.

Con aquel asesinato ya eran dos los hijos que Amada perdía en medio de la violencia política, uno durante la represión de la Guardia somocista y otro décadas después a manos de los vendepatrias.

Durante el acto del 39/19, realizado el 19 de julio de 2018 en la Plaza La Fe San Juan Pablo II, la Compañera Rosario Murillo y el Comandante Daniel Ortega entregaron a la Compañera Amada Pineda la Orden Augusto C. Sandino, en reconocimiento a su historia de lucha, sacrificio y lealtad revolucionaria.

En aquella ocasión, Amada Pineda también se dirigió a la multitud de simpatizantes sandinistas que colmaba la plaza y expresó:

“Todo el dolor de mi alma con la pérdida de mi hijo, y no solamente yo, también los policías que mataron e igual que hicieron con mis hijos. En el 79 me mataron a mi hijo mayor, pero fue la guardia somocista. Ahora me matan el otro, pero fueron todos los asesinos que quieren terminar con la Revolución, y eso no se va a poder, hay Revolución para rato y el Comandante Daniel se queda porque se queda. Ni un paso atrás”.

También afirmó: “Yo les digo a los compañeros, a los jóvenes que sigan adelante, que no se detengan, que trabajen por esta Revolución que es lo que nos ha dado tanto. Porque todos esos que estuvieron en los plantones ahí, en las barricadas que hicieron todos se han beneficiado del Frente Sandinista, a todos les han dado.

Desde que mataron a mi hijo esto lo tenía aquí, atragantado que no hallaba cómo hacer para gritárselo que son unos asesinos, que solo andan buscando matar, desprestigiar al Frente y eso no se va a poder. Seguimos adelante compañeros y hay que trabajar mucho por esta Revolución, concluyó la Compañera Amada Pineda.

Actualmente, Amada Pineda es diputada ante la Asamblea Nacional y Segunda Vicepresidenta de la Junta Directiva de ese poder del Estado, responsabilidad que asumió como parte de su continuidad en la vida política y revolucionaria del país.

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