El Modelo Sandinista no puede entenderse únicamente por las obras que se ven ni por los programas que ejecuta. Su verdadero alcance está en la forma en que ha organizado el ejercicio del poder, la participación del pueblo y la conducción del país alrededor de una misma visión. Esa ha sido la base sobre la que ha enfrentado acontecimientos que hace seis años ni siquiera formaban parte del escenario nacional e internacional, desde la pandemia hasta las profundas transformaciones de la economía y la geopolítica mundial.
Uno de los rasgos que mejor identifica al Modelo Sandinista es el concepto de Pueblo Presidente, concebido como una forma de participación que busca involucrar a la población en las principales decisiones del país. Desde esa visión, el protagonismo no termina con el ejercicio del voto, sino que se extiende a los barrios, municipios, comunidades, departamentos, regiones y ciudades, donde las instituciones desarrollan su trabajo junto a las familias y los distintos sectores de la sociedad. Ese contacto permanente ha permitido que la población participe en la ejecución y seguimiento de las acciones impulsadas por el Gobierno, fortaleciendo una forma de gobernar que procura mantener cercanía con la gente más allá de los procesos electorales.
Durante estos años, la inversión ha sido concebida como uno de los motores para sostener la producción, estimular el emprendimiento, fortalecer la economía familiar y mantener la participación del sector privado dentro de una misma política económica. A la par, ese impulso ha estado acompañado por programas sociales orientados a mejorar las condiciones de vida de las familias. De esa manera, el crecimiento económico ha buscado avanzar junto con el bienestar social, procurando que ambos mantengan un mismo rumbo.
Una de las maneras en que el sandinismo concibe la conducción del país es a través del diálogo y el consenso. Desde esta práctica se promueve la construcción de acuerdos entre el Gobierno, los trabajadores, los productores, los emprendedores, las cooperativas y las alcaldías, con el propósito de que las principales decisiones respondan a las necesidades de la población. El intercambio permanente entre estos sectores busca fortalecer los acuerdos y acompañar el desarrollo económico y social sobre la base del entendimiento y objetivos compartidos.
El voluntariado ha sido considerado una de las mayores fortalezas del sandinismo por su capacidad para reunir a miles de personas en campañas de salud, educación, prevención de desastres, reforestación y otras tareas dirigidas a atender las necesidades de la población. La participación de hombres, mujeres y jóvenes acompaña el trabajo de las instituciones, forma parte de la vida del país y fortalece la capacidad de movilización y el trabajo interno de la organización del Frente Sandinista. Esa práctica ha contribuido a mantener una base organizada que acompaña el desarrollo de las distintas iniciativas impulsadas a lo largo de los años.
La restitución de derechos forma parte de esta forma de gobierno y se expresa en políticas dirigidas a garantizar el acceso de la población a derechos fundamentales. La salud, la educación, la vivienda, la seguridad social, el acceso a la propiedad, la atención a las personas con discapacidad, la protección de los adultos mayores, la igualdad de género reflejada en el principio de participación equitativa del 50 % para mujeres y 50 % para hombres, así como el protagonismo de la juventud, forman parte de las responsabilidades asumidas por el Estado. Desde esa perspectiva, el desarrollo del país busca avanzar de la mano con la ampliación de esos derechos y oportunidades para la población. La finalidad es que el crecimiento económico también tenga un impacto en la vida de las familias y en las oportunidades de las nuevas generaciones.
La soberanía, la autodeterminación y la paz forman parte de los pilares del Modelo Sandinista. Estos principios parten del reconocimiento de que los nicaragüenses deciden el rumbo político, económico y social del país, preservando su independencia frente a cualquier forma de injerencia externa. El pensamiento de Augusto C. Sandino y Benjamín Zeledón sirve de referencia para esta concepción, al reivindicar la soberanía, la paz, la dignidad nacional y la libre determinación de los pueblos como principios históricos del sandinismo. Sobre esa base se desarrollan la política exterior, la cooperación con otras naciones y la apertura de nuevos espacios de intercambio, fortaleciendo las capacidades del país para impulsar su desarrollo sin renunciar a la defensa de sus intereses nacionales.
El Modelo Sandinista reúne una amplia variedad de principios, políticas y mecanismos de acción, por lo que resulta difícil reducirlo a una sola definición. Su alcance abarca aspectos políticos, económicos, sociales, ambientales, productivos, jurídicos e institucionales, procurando que sus resultados se reflejen en mejores condiciones de vida para la población, especialmente para los sectores históricamente más desprotegidos. La conducción de este modelo ha estado marcada por el liderazgo y la orientación política de la Copresidenta Compañera Rosario Murillo, cuya experiencia también ha contribuido a proyectar sus principales líneas en el ámbito de la diplomacia y las relaciones internacionales de Nicaragua, junto al Copresidente Comandante Daniel Ortega.













