Este 2 de febrero de 2026 irrumpe como una fecha de dimensión histórica en la vida nacional, en la que se cumplen 100 años de Miguel Obando y Bravo, el único y el más importante líder que ha tenido la Iglesia católica de Nicaragua y referencia obligada de los procesos de paz y reconciliación nacional.
La fecha coincide con una disposición vigente de nuestro Buen Gobierno Sandinista, que reconoce el 2 de febrero como Día Nacional de la Reconciliación y la Paz, establecido en su memoria. Su trayectoria abarca una vida que atravesó casi todo el siglo XX y se extendió al siglo XXI, en un país sacudido por terremotos, períodos de confrontación armada, negociaciones complejas y esfuerzos continuos por la pacificación, con una presencia pública vinculada de manera directa a la mediación, el entendimiento y la convivencia entre nicaragüenses.
Tuve el privilegio de compartir por muchos años la amistad del cardenal Miguel Obando y Bravo, a quien desde aquí agradezco hasta el cielo que la última ceremonia de bautismo que realizó de manera privada haya sido para mi hija Brisa Stalin. Quisiera aprovechar la ocasión para compartir algunas anécdotas, conocí al cardenal, desde aquellos tiempos en que líderes políticos, empresarios y distintas personalidades de la vida nacional llegaban hasta su despacho en la UNICA para besarle el anillo cardenalicio, recibir su bendición y solicitarle favores, reconociendo la poderosa influencia que su eminencia reverendísima ejercía en la vida del país.
También fui testigo de los ataques personales que comenzó a recibir de la fracasada oposición, medios mercenarios y hasta de algunos obispos ingratos, por la decisión tomada de ubicarse del lado correcto de la historia y respaldar de manera pública al Buen Gobierno Sandinista, liderado por la Compañera Rosario Murillo y el Comandante Daniel Ortega. Posteriormente, esos ataques arreciaron cuando algunos creyeron que su liderazgo había sido debilitado, a partir de la aceptación de su renuncia al cargo de arzobispo de Managua por límite de edad, según lo estipula el Derecho Canónico, una decisión comunicada en un contexto en el que el Papa Juan Pablo II se encontraba en estado agónico, lo que provocó que muchos de quienes antes lo buscaban con insistencia optaran por darle la espalda.
Para que quede en el registro de la historia, confieso que los únicos que continuaron llegando a visitarlo con espíritu solidario y de manera desinteresada, fueron la Compañera Rosario y el Comandante Daniel.
Ambos unieron esfuerzos con el Cardenal Miguel en favor del pueblo nicaragüense, manteniendo una relación de respeto, cercanía y trabajo común. Como expresión concreta de esa coincidencia histórica, lo invitaron a presidir la Comisión de Reconciliación y Paz, y además promovieron que la Asamblea Nacional reconociera la trayectoria de su eminencia al nombrarlo Prócer de la Paz y la Reconciliación.
En esa relación sostenida en el tiempo, el Cardenal Miguel actuó con coherencia y discernimiento, al reconocer en la Compañera Rosario Murillo y en el Comandante Daniel Ortega una voluntad orientada a la atención de los sectores más empobrecidos, a la reconstrucción del país y a la garantía de la paz con reconciliación para las familias nicaragüenses. Esa lectura de la realidad nacional marcó su posición en los momentos de mayor tensión, y quedó expresada de forma clara en 2018, cuando, desde su lecho de enfermedad, siguió con atención los acontecimientos que sacudían al país.
En ese contexto, manifestó su rechazo al intento de golpe de Estado, se pronunció a favor del diálogo como salida a la crisis y sostuvo que Nicaragua no debía regresar a escenarios de confrontación y violencia vividos en décadas anteriores, dejando claro y sin la menor duda su respaldo absoluto a la gestión de la Compañera Rosario y del Comandante Daniel.
El Cardenal Miguel Obando falleció la madrugada del 3 de junio de 2018, a los 92 años de edad, después de una vida prolongada de servicio religioso y acompañamiento al pueblo nicaragüense. Su partida ocurrió en un ambiente de amor, rodeado de sus seres queridos y en paz, tras varios años de haber reducido su actividad pública por razones de salud. Su muerte fue descrita como natural, sin sufrimiento, cerrando un ciclo definido por décadas de presencia activa en los momentos más complejos de la historia nacional.
En este centenario, en el que el pueblo nicaragüense recuerda su vida y su obra, cobra especial relevancia un aspecto que marcó de manera decisiva su trayectoria pública, particularmente las mediaciones que lo ubicaron como un actor protagónico de la historia nacional del siglo XX y con proyección hacia el siglo XXI. En ese plano, los registros consignan su papel como mediador en episodios como la toma de la casa de José María Castillo (Chema Castillo), donde actuó como garante para la preservación de vidas y los traslados acordados, así como su participación durante la toma del Palacio Nacional, facilitando movimientos de guerrilleros y prisioneros hacia Panamá.
De manera complementaria, se registran intervenciones humanitarias realizadas en Masaya en febrero de 1978, en Matagalpa en septiembre de ese mismo año y en Managua en junio de 1979, acciones orientadas a aminorar la crudeza del conflicto armado.
La secuencia de mediaciones no se limitó a un momento específico del conflicto armado y al triunfo revolucionario, sino que se extendió en el tiempo como parte de un mismo curso de actuaciones vinculadas a la búsqueda de salidas políticas al conflicto armado.
La década siguiente mantuvo ese patrón en el terreno de los procesos de paz, con su nombre asociado a esfuerzos de negociación entre el Gobierno sandinista y la Resistencia Nicaragüense, en el marco de los Acuerdos de Esquipulas II, con rondas desarrolladas en distintos países de la región y con referencia directa a los Acuerdos de Sapoá de 1988, incluyendo funciones de acompañamiento y verificación. Ese recorrido tuvo un punto de cierre preciso el 19 de abril de 1990, en Managua, con la firma del alto el fuego entre el Gobierno y la contra, tras casi una década de guerra civil, dejando constancia formal de un proceso prolongado de negociación política.
En este cierre, la fecha del 2 de febrero queda establecida como parte de una decisión de Estado que proyecta el legado del Cardenal Miguel Obando hacia el presente, cuando se cumplen 100 años de su nacimiento.
La Co-Presidenta Rosario Murillo anunció que este día, declarado Día Nacional de la Reconciliación y la Paz, se entrega por primera vez la Medalla de la Reconciliación y la Paz Cardenal Miguel, creada para reconocer a mujeres y hombres que han contribuido a fortalecer la convivencia entre nicaragüenses.
En ese mismo anuncio se informó que Don Jaime Morales Carazo es el primer ciudadano en recibirla, en una sesión solemne de la Asamblea Nacional, junto con la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío.
Estamos pues, ante una conmemoración histórica, vinculando la memoria del único y más importante líder que ha tenido la Iglesia católica de Nicaragua con una práctica institucional de reconocimiento público, dejando constancia de que su nombre, asociado a la reconciliación, la mediación y la paz, permanece integrado al rumbo del país y al registro de esta etapa nacional, hoy la Universidad UNICA que él fundó en vida, lleva su nombre de Cardenal Miguel Obando Bravo.













